UDUGU FEST: cien hombres, una montaña rusa parada y una canción de Robyn

Crónica del primer festival consciente para hombres y una reflexión sobre la nueva montaña rusa en la que vivimos muchos hombres gays.

«Hay fines de semana que se recuerdan. Y hay otros que te recuerdan quién eres.»

El pasado fin de semana tuve el privilegio de formar parte de UDUGU FEST, un festival consciente para hombres gays celebrado en las montañas de Girona, bajo la luna llena, rodeados de naturaleza y junto a cerca de cien hombres de veinticinco nacionalidades distintas.

Impulsado por León y Guido Gastaldi, UDUGU ha conseguido algo que parecía difícil: crear un espacio internacional donde el bienestar, la creatividad, la convivencia y la conciencia ocupan el centro. Durante cuatro días, veinte facilitadores sostuvimos un programa donde la respiración, el movimiento, el arte, la música, el juego, el silencio, la naturaleza y la sexualidad consciente se convirtieron en caminos distintos para llegar al mismo lugar: volver a nosotros mismos.

Pero lo más valioso de UDUGU no termina cuando se desmontan las carpas o cada uno vuelve a su país.

Empieza después.

Cuando lo vivido sigue haciéndote preguntas.

Y hay una que no ha dejado de acompañarme desde entonces.

¿Y si después de salir del armario nos hubiéramos subido, sin darnos cuenta, a una montaña rusa que nunca se detiene?

Una montaña rusa que no te deja respirar.

Ni tomar aliento.

Ni decidir cuándo bajarte.

Porque ahora parece que tenemos que vivir deprisa.

Viajar.

Entrenar.

Emprender.

Ir a todas las fiestas.

Acumular experiencias.

Coleccionar amantes.

Descubrir el último restaurante.

Abrir la pareja.

Cerrar la pareja.

Escalar profesionalmente.

Construir el cuerpo perfecto.

Parecer interesantes.

Deseables.

Visibles.

Exitosos.

Como si dejar de movernos significara dejar de existir.

Muchos hombres gays tenemos la sensación de que empezamos a vivir tarde.

Salimos del armario a los veinticinco, treinta o incluso cuarenta años. Y cuando miramos atrás sentimos que nos han robado una parte de la vida. Como si lleváramos un retraso imposible de recuperar.

Y entonces aparece el FOMO.

Ese miedo constante a perderse algo.

A no llegar.

A no vivir suficiente.

A no aprovechar el tiempo.

Nos subimos a la montaña rusa porque sentimos que alguien nos robó la entrada demasiado tiempo.

Pero girar sin parar no siempre significa avanzar.

A veces solo significa marearse.

Y entonces ocurrió UDUGU.

Durante cuatro días, la montaña rusa se detuvo.

Casi cien hombres hicimos exactamente lo contrario de lo que el mundo espera de nosotros.

Paramos.

Jugamos como niños.

Bailamos sin buscar aprobación.

Lloramos sin pedir perdón.

Nos abrazamos sin miedo.

Nos miramos durante minutos enteros sin tener que impresionar a nadie.

Compartimos silencios.

Nos emocionamos con desconocidos.

Y entonces entendí algo.

Hay emociones que puedes trabajar en terapia.

Hay heridas que puedes empezar a sanar en una meditación.

Pero hay una parte de nosotros que solo sana cuando otro ser humano te mira a los ojos y, sin decir nada, te hace sentir:

«Yo también.»

Quizá por eso el bienestar nunca ha sido un acto individual.

Siempre ha sido comunitario.

Nunca habíamos tenido tantas formas de comunicarnos.

Y, sin embargo, nunca había sido tan fácil desaparecer.

Desaparecer de una conversación.

Desaparecer de una relación.

Desaparecer de una amistad.

Desaparecer de nosotros mismos.

Llevamos años hablando del ghosting como si solo ocurriera en las aplicaciones para ligar.

Pero quizá exista otro tipo de ghosting mucho más silencioso.

El que sucede cuando dejamos de escuchar al cuerpo.

Cuando ignoramos el cansancio.

Cuando vivimos únicamente desde la productividad.

Cuando dejamos de llamar a un amigo porque «ya habrá tiempo».

Cuando acumulamos experiencias sin llegar a habitar ninguna.

La última noche, después de cenar, hubo actuación de Drag Energy. Cerraron con «Dancing On My Own», de Robyn. Esa canción que todo el mundo ha bailado alguna vez sintiéndose el que mira desde la esquina mientras otro se lleva el beso que uno querría para sí. La habré escuchado cien veces en pistas de baile, siempre con esa punzada de fondo. Esa noche sonó distinta. No había nadie mirando desde la esquina. No había nadie a quien impresionar ni nadie a quien envidiar. Solo cien hombres bailando cada uno su propia canción, sin necesitar que nadie los viera para saber que estaban ahí.

Quizá por eso este fin de semana no se pareció a un festival.

Se pareció más a «El sueño de una noche de verano».

Durante unos días dejamos de perseguir la siguiente experiencia para habitar plenamente la que ya estaba ocurriendo.

Y descubrimos que la verdadera libertad no consiste en poder hacerlo todo.

Consiste en sentir que no tienes que demostrar nada.

Quizá el siguiente paso para nuestra comunidad no sea conquistar más espacios.

Quizá el siguiente paso sea mucho más íntimo.

Aprender a habitarnos con más calma.

Porque antes de ser profesionales, parejas, cuerpos, perfiles de Instagram o historias de éxito…

Ya éramos humanos.

Y tal vez la revolución más importante que nos queda por hacer no sea vivir más deprisa.

Sino volver a sentir despacio.

Sobre UDUGU y Atmanity

Udugu, su energía se centra en cultivar el bienestar de la mente, el cuerpo y las emociones, proporcionando un espacio libre de prejuicios donde puedas redescubrir quién eres realmente. Lejos del ruido y las distracciones de tu ajetreada vida, nuestro espacio te invitará a fluir hacia el autoconocimiento.

Atmanity, la primera app de wellness LGBTQ+ donde comunidad, bienestar y experiencias reales se encuentran. Nace para crear espacios más humanos, conscientes y reales dentro y fuera del móvil.

Si quieres conocer los próximos encuentros o conectar con otras personas LGBTQ+ desde ese lugar, puedes descubrir Atmanity y descargar la app de forma gratuita en IOS y Android (Disponible en España, México y Colombia).

 


Roberto Regal, CEO de Respira Comunicación y Cofundador de Atmanity