Reescribiendo el amor: una mirada desde la diversidad.

Reescribiendo el amor

Me pregunto: ¿nacemos en pareja? ¿morimos en pareja? Entonces, ¿por qué sentimos esa necesidad casi urgente y de vivir en pareja?

Qué difícil resulta definir el amor. La RAE lo describe como un sentimiento intenso que surge de nuestra propia insuficiencia y nos impulsa a buscar la unión con otro ser. Habla de atracción, de reciprocidad, de completitud, de afecto y de entrega. Pero, más allá de esa definición encorsetada;

¿Cómo lo definimos nosotros?

¿Cómo nombramos algo tan intangible, moldeado por parámetros sociales, culturales, religiosos e incluso políticos?

Se dice que el amor se siente en el estómago, como un enjambre de mariposas yo nunca sentí eso ¿Tu lo sentiste?

Y las flechas de cupido, las bandas sonoras que acompañan cada enamoramiento. Hemos mitificado tanto el amor que lo hemos convertido en un territorio casi mágico: “amores que matan”, “el amor lo puede todo”, “mi media naranja”, “el alma gemela” … Y frente a ese imaginario, me pregunto:

¿Qué tengo que sentir para saber si lo que siento es amor?

¿Es amor lo que vivo o un espejismo?

¿Quién decide qué deseo, qué idealizo, qué busco y nunca encuentro?

¿Por qué hiper-romantizamos la vida en pareja?

¿Por qué la convertimos en un objetivo vital casi obligatorio, si nacemos solos y morimos solos?

¿Por qué disfrazamos la sexualidad de corazones rojos patrocinados por San Valentín?

Quizá una respuesta posible sea que hemos aprendido a vincular nuestra felicidad con la pareja, porque así se nos ha transmitido durante siglos. La historia del amor es también la historia de su propio control: ha sido castigado, prohibido, celebrado, consumado, silenciado en el arte y regulado en los parlamentos.

En el caso del colectivo LGTBI, incluso cuestionado y desprovisto de legitimidad. ¿Quién nos iba a decir que hasta 2006, en España, como minoría estábamos separados de la mayoría, en los márgenes, por unas leyes que nos borraban, negaban la libertad de desear, amar y construir un proyecto con alguien de nuestro mismo sexo? Un amor considerado defecto, pecado o enfermedad por una sociedad costumbrista y patriarcal que camina por una delgada línea roja entre lo que quiere y lo que debe.
Hoy, aunque nos autodefinamos como una sociedad “yoísta”, seguimos buscando la felicidad en el otro sin haber aprendido a mirarnos hacia dentro.

Nos cuesta sentirnos, tocarnos, cuidarnos, querernos sin intermediarios. Y mientras tanto, seguimos entendiendo la soledad como un castigo, como un fallo personal o como una amenaza que hay que evitar para cumplir con ese guion social que tantas veces nos pasa por encima.

Vivimos en una sociedad aparentemente abierta, pero aún atrapada en la utopía del amor romántico: la fidelidad entendida como propiedad, las mariposas como prueba irrefutable, la monosexualidad romántica como única vía válida. Y todo ello en detrimento de lo más básico: comunicación, respeto, libertad. Libertad para estar juntos sin condiciones, sin poseer ni ser poseídos, lejos de la codependencia y de lo propiamente insalubre para nuestra salud mental.

La lealtad —esa capacidad de elegir al otro desde la libertad— sigue infravalorada en las relaciones convencionales. Tal vez porque seguimos viviendo a la sombra de un legado patriarcal, monogámico y heterocéntrico que idealiza el “para siempre” incluso a costa de sacrificar la individualidad. Y, aun así, aunque nacemos solos y morimos solos, nos sigue dando miedo vivir solos. Seguimos buscando la normatividad afectiva desde la que fuimos programados, como si ese fuera el único camino posible para sentirnos parte de la sociedad y seguir encajando.

¿Llegará el momento en el que la disidencia en las relaciones sexo afectivas será normativa? Continuará…

 

Catarsis de un psicólogo marika,
Fran Pardo