El carnaval es maravilloso.
Colores, lentejuelas, plumas, música alta y libertad para jugar a ser otro.
Nos disfrazamos, exageramos, interpretamos personajes y nos reímos de todo, incluso de nosotros mismos.
Y eso está bien. Eso es juego. Eso es celebración. Eso es carnaval.
El problema no es el disfraz del carnaval. El problema es cuando el carnaval se nos cuela en la vida diaria…y ya no sabemos quién somos sin la máscara.
En el colectivo LGTBI+ sabemos mucho de máscaras
En el trabajo soy una versión. En casa, otra. Con la familia, bajo el volumen. Con los amigos, exagero. En según qué espacios, me escondo. En otros, me defiendo.
Y claro… mantener tantas versiones nos cansa. Mucho. Intentar ser la misma persona en todos los contextos a veces parece imposible. Porque no siempre nos hemos sentido seguros siendo quienes somos.
No es locura. Es adaptación. Es supervivencia emocional. Pero vivir así, todo el tiempo, agota, nos desgasta y hace que vayamos perdiendo nuestra verdadera personalidad.
¿Por qué nos ponemos máscaras?
Porque dan una falsa sensación de seguridad. Porque creemos que así encajamos mejor. Porque pensamos que, si mostramos lo que somos, quizá no guste. O no se entienda. O no se acepte.
La máscara protege… pero también encierra. Y cuando la llevamos demasiado tiempo, aparece una pregunta incómoda:
¿Quién soy de verdad cuando no estoy actuando?
Ahí llegan la confusión, la frustración y ese vacío raro que no se llena con likes, parejas ocasionales, ni reconocimiento externo.
Puede que ahora mismo te sientas cómodo con tus máscaras. Puede incluso que te funcionen.
Pero esa gratificación es temporal. Tarde o temprano, el cuerpo y el corazón pasan factura.
El precio de encajar es perderte. perder tu esencia, tu ser único e irrepetible
Nuestra necesidad de pertenecer nos ha hecho, muchas veces, alejarnos de nosotros mismos.
Hemos aprendido a cumplir expectativas. A agradar. A no molestar. A no destacar demasiado.
Y detrás de todo esto suele haber una herida clara: No sentir que valemos tal y como somos.
Eso no es debilidad. Es historia. Es aprendizaje. Pero no tiene por qué ser destino.
¿Cómo empezar a quitarnos las máscaras?
No hace falta quitarlas todas de golpe. Ni hacer una revolución vital mañana. Empieza por aquí:
- Pregúntate: ¿en qué contextos actúo más? ¿Dónde me siento menos yo?
- Escucha tu cuerpo: la máscara pesa. El cuerpo siempre avisa.
- Permítete pequeños actos de verdad: una opinión, un límite, un “esto no soy”.
- Escribe: ¿qué partes de mí escondo y por qué?
- Rodéate de espacios seguros donde no tengas que demostrar nada.
Y recuerda algo importante: No tienes ninguna obligación de cumplir las expectativas de los demás.
No has venido a este mundo a gustar. Has venido a ser.
Dejemos los disfraces para el carnaval
Disfrázate. Baila. Juega. Celebra. El carnaval es para eso. Pero cuando se acabe la fiesta,
cuando se apaguen las luces, cuando vuelvas a casa…quítate la máscara.
Ahí empieza la verdadera libertad:
Cuando te permites ser quien eres, sin personajes, sin fingir, sin pedir permiso. Y desde ahí, todo encaja mucho mejor.
Soy Pedro Luis Picazo Gómez (Lupi), mentor en inteligencia emocional y formador vivencial. Tras más de 30 años como docente y después de vivir en carne propia el sinsentido, descubrí en la Inteligencia Emocional y el propósito de vida las claves para vivir en plenitud. Hoy acompaño a personas y equipos a reconectar con su energía, claridad y motivación para que puedan vivir con sentido.
¿Quieres dar el paso hacia tu propósito y comenzar a transformar tu vida?
Te invito a conocer mis mentorías y programas de formación vivencial.




