Blue Monday: el arte de monetizar tu tristeza

Cada mes de enero el llamado Blue Monday se presenta como “el día más triste del año”. La idea, aparentemente inocente, se apoya en una fórmula pseudocientífica que mezcla clima, deudas, propósitos incumplidos y motivación baja. Sin embargo, más que un dato objetivo que describa un estado emocional real, el Blue Monday funciona como un artefacto cultural  profundamente vinculado al capitalismo: no busca comprender la tristeza, sino gestionarla, medirla y convertirla en una nueva oportunidad de consumo. En realidad, si nos fijamos con detenimiento en lo que implica esta fecha, nuevamente se revela cómo el sistema intenta domesticar inclusonuestras emociones más incómodas.

Y es que el capitalismo no solo organiza el trabajo y la producción, también administra nuestros afectos. En este sentido, el Blue Monday no legitima el malestar, sino que lo encierra en un calendario productivo: nos dice cuándo está permitido estar tristes, cuánto tiempo podemos dedicarle a esa tristeza antes de volver a serfuncionales, y qué debemos hacer para resolverla.

La tristeza se vuelve un fallo temporal del sistema, una interrupción que debe ser corregida con descuentos, ofertas de autocuidado, suscripciones a gimnasios o promesas de “reinvención personal”. No hay lugar para una tristeza que cuestione el mundo que la produce; solo hay espacio para una tristeza que pueda ser monetizada.

Desde una mirada queer, el Blue Monday representa una imposición más de normatividad emocional. Una parte de las experiencias queer históricamente han estado atravesadas por duelos no reconocidos, pérdidas invisibilizadas y formas de tristeza que no encajan en los relatos oficiales. La tristeza queer no es una moda de enero, sino una experiencia que se despliega todo el año, vinculada a violencias estructurales, a la precariedad, al rechazo familiar, al silencio impuesto. Sin  embargo, el mercado prefiere una tristeza estandarizada,  heterosexualizada y blanca: una tristeza que se resuelve con consumo individual, no con transformación colectiva. 

En consecuencia, el Blue Monday puede leerse como una  tecnología de control emocional. El sistema no niega la  tristeza, la gestiona. La convierte en tendencia, en hashtag, en estrategia de marketing. Se nos permite estar mal, siempre y cuando esa incomodidad no se transforme en politización del malestar. Lo queer, en cambio, ha sido históricamente una fuerza que desborda esas lógicas: una forma de existir que interrumpe el mandato de la felicidad obligatoria, del éxito, de la pareja estable, de la vida lineal y productiva. 

Sería entonces deseable pensar el Blue Monday desde otro lugar, uno que no busca romantizar la tristeza, sino devolverle su dimensión política. Preguntarse: ¿quiénes pueden permitirse estar tristes? ¿Quiénes no tienen el lujo de detenerse? ¿Quiénes son castigados por no rendir? Demasiadas veces para muchas personas queer, migrantes, racializadas o precarizadas, la tristeza no es un evento anual, sino una condición estructural. El problema no es sentir tristeza, sino un sistema que produce dolor mientras vende soluciones individuales. 

Por eso es tan importante incorporar una mirada queer a nuestras vidas, porque nos ofrece otra forma de habitar el malestar. En lugar de medicalizarlo o consumirlo, propone compartirlo, politizarlo, hacer comunidad desde ahí. Frente al Blue Monday como ritual de consumo, las prácticas queer históricamente han construido espacios de sostén mutuo, redes de afecto, formas de cuidado que no pasan por el mercado. Espacios donde la tristeza no se corrige, sino que se acompaña; donde no se acelera la vuelta a la normalidad, sino que se cuestiona la normalidad misma. 

Así, el verdadero gesto subversivo frente al Blue Monday no es “superarlo”, sino desobedecer su guion. Negarse a vivir la tristeza como un error personal o como una fase que debe ser optimizada. Entenderla como una respuesta legítima a un mundo desigual, violento y normativo. Y aprovechar la oportunidad que se nos brinda cuando comprendemos la tristeza como un espacio de resistencia: un lugar donde algo se detiene, se mira y se rehúsa a seguir funcionando como si nada.

Tal vez, entonces, el problema no sea que exista un día triste, sino que el sistema solo nos permita estar tristes en los términos que le resultan útiles. Frente a eso, una política queer de la tristeza no busca fechas, fórmulas ni slogans, sino grietas:
espacios donde sentir no sea una falla productiva, sino una forma de imaginar otras formas de vida.

Ismael Cerón